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Veronica Helena Cortez

Lee el principio de El tiempo de un abrazo

El principio de la novela, tal y como lo encontrarás en el libro.

Capítulo 1

Había dos tipos de personas, en la filosofía de Ginevra: las que hacían planes y las que los echaban por tierra. Ella pertenecía sin duda a la primera categoría, y estaba orgullosa de ello. Lo que todavía no había previsto, mientras aquel martes por la mañana cruzaba la puerta de la sala de reuniones, gris y abarrotada de hombres de traje y corbata, era que ciertos planes no los decides tú. Y que la vida, de vez en cuando, se divierte reescribiendo el orden del día justo cuando lo crees definitivo.

«La buena noticia es que el nuevo inversor tiene intención de sacar adelante todos los proyectos que teníamos programados. Le han parecido todos muy interesantes y, sobre todo, en línea con sus planes de inversión y de crecimiento y con el nuevo enfoque que quiere dar a la empresa.» Así empezó el General Manager —Gabriele, a quien todos llamaban GM, las iniciales del nombre y del cargo a la vez— en cuanto tomó la palabra en aquella reunión que olía a cambio. La sala estaba llena: al menos veinte personas de departamentos distintos, convocadas para lo que debía ser un simple alineamiento de proyectos, como rezaba el orden del día, pero que para todos era claramente algo más.

Ginevra miraba a su alrededor un poco perdida: era la última semana de enero y era solo su segundo día en la empresa, todavía no conocía todas las caras; es más, aparte de alguna figura cruzada por los pasillos, aquella era la primera ocasión real de verlos juntos. Por eso intentaba memorizar cuantos más detalles mejor, como si estudiara un mapa nuevo por descifrar. Le parecía extraño que a una reunión sobre los proyectos se hubiera convocado a tanta gente, y además de grupos de trabajo distintos. Y había otro detalle: aparte de Anna, la asistente de GM, sentada a su lado levantando acta, ella era la única mujer en la mesa.

No es que ser la única mujer la asustara: había crecido entre primos varones, de pequeña tenía un amigo del alma, siempre había trabajado rodeada de hombres y con los años había aprendido a encajar bromas y chanzas sin inmutarse. Más bien, hubo un tiempo en que se escondía respecto a las demás chicas: años de ropa ancha e informe para pasar desapercibida, a la sombra de compañeras que le parecían más guapas y más seguras de sí mismas. Pero aquel tiempo había terminado: ahora ya no se escondía.

Aquel día, en particular, destacaba también entre los demás. Llevaba una chaqueta blanca, unos pantalones anchos de corte retro verde botella y una camisa de flores, cruzada por delante, con efecto kimono. En la grisura de la ropa masculina de aquella sala resaltaba como una anomalía cromática. Le parecía tener los focos encima. Puesto que siempre acababa en ambientes masculinos, su regla era sencilla: si tenía que estar en el centro de atención, más valía hacerlo con estilo. Por eso había elegido también los zapatos de tacón alto: unos centímetros de más le vendrían bien en el coffee break, de pie junto a los demás.

«El objetivo principal» continuaba GM, «es alcanzar la facturación prevista para finales de este año y superarla en un +20 % el año que viene: ese será un momento crucial, en el que se destinarán muchos recursos adicionales a la consolidación de la empresa, pero sobre todo a la creación de un grupo de trabajo más innovador, dispuesto a arriesgar y a estar al día.»

Ginevra lo escuchaba, estudiando su lenguaje corporal. “Y aquí está a punto de llegar un gran PERO”, pensó. Sabía cómo funcionaban aquellas reuniones y había intuido la táctica del jefe: empezar por las buenas noticias, para calmar los ánimos y hacer digerir mejor el resto. Cuando el arranque era tan entusiasta, siempre acechaba un SIN EMBARGO grande como una casa.

«Quiero tranquilizar a todos enseguida sobre un aspecto importante» retomó GM «y es el mantenimiento de los puestos de trabajo: no habrá recortes ni reducciones de plantilla; al contrario, es probable que haya una ampliación, en breve, para completar el organigrama con todas las figuras necesarias, algunas de las cuales ahora mismo faltan y cuyas funciones desempeñan temporalmente otros de manera supletoria.»

La mirada de Ginevra recorrió la mesa. Como ella, todos miraban al jefe con una expresión suspendida entre la curiosidad, el asombro y la ansiedad, esperando el golpe de efecto.

Se escrutaban unos a otros, y muchas miradas acababan en ella. Los demás eran todos veteranos en la empresa y ya conocían las virtudes y los defectos de cada cual; ella, en cambio, era la última en llegar: por estudiar, por poner a prueba.

«Estos planes ya han empezado a aplicarse» añadió GM, «un ejemplo es la presencia en la empresa de una nueva compañera, Ginevra, a quien, aprovechando la ocasión, por fin os presento oficialmente.»

Mientras GM la señalaba, todas las miradas se volvieron hacia ella.

«Ginevra ocupará el puesto de project manager, la figura que nos faltaba y que tanto vamos a necesitar para sacar adelante los distintos proyectos y no perder piezas por el camino. Ginevra cuenta con una buena y sólida experiencia, además de una preparación notable; estoy seguro de que hará un gran trabajo y aportará una contribución significativa. Naturalmente, tendréis ocasión de conocerla mejor con el tiempo, no faltarán las oportunidades; ¡démosle la bienvenida!»

Fue Davide, de Recursos Humanos, quien rompió el hielo, y no era de los que dejan escapar un momento así. Barba cuidada, voz cálida, la cara tranquilizadora de esos a los que te dan ganas de contarles tus cosas ya en el primer café. Ginevra lo conocía: había sido él quien le hizo la entrevista. «Me permito» empezó, abriendo los brazos, «porque creo que hablo por todos: bienvenida. Este equipo necesitaba a alguien que pusiera orden en los proyectos, y si además trae un poco de color entre tantas chaquetas grises, mejor todavía.» Hubo una risa, un aplauso disperso, y Ginevra sintió la sala, por un instante, un poco menos hostil.

Ginevra no había previsto aquella presentación: esbozó una sonrisa tímida, un saludo genérico, y dio las gracias a GM. Estaba demasiado ocupada conteniendo el rubor que, después del comentario del compañero, le subía a las mejillas.

Sentía que le ardía la cara, como cada vez que acababa en una situación que no había planeado. Hablar en público no la asustaba, siempre que tuviera un guion, siempre que cada detalle estuviera en su sitio. Pero allí, tomada por sorpresa, se encontraba sin réplicas preparadas: precisamente ella, que siempre hacía planes.

Y aquella presentación subía el listón: si antes los compañeros la miraban por curiosidad, ahora iban a querer comprobar cuánto había de cierto en lo que se acababa de prometer sobre ella.

«Ya que es la primera ocasión que nos ve a todos reunidos» continuó GM dirigiéndose a Ginevra, «aprovecho para presentarte, rápidamente, a todos», y empezó a nombrarlos uno por uno, con el cargo de cada cual.

Ginevra se concentró para memorizar los nombres y empezar a hacerse una idea.

Capítulo 2

Ginevra seguía la retahíla de nombres que iba desgranando GM, intentando fijarlos deprisa, asociados a las caras. Alrededor de aquella mesa, además de él, se sentaban otros cuantos compañeros: del departamento de ventas, de la oficina de pedidos, del área creativa, además del responsable del análisis de datos de mercado, Recursos Humanos, Finanzas y Compras.

Davide era la única cara que ya conocía. De los demás observaba cada movimiento, cada expresión, cada palabra, para hacerse un cuadro de aquellos con los que iba a tener que trabajar. No le gustaban las sorpresas, sobre todo si eran malas, y quería estar siempre preparada. Pero los archivó deprisa, más por función que por nombre.

Solo dos se le quedaron grabados, y no precisamente en el buen sentido. Fabio, de Compras, era un cruce entre un friki y un animador de fiestas: camiseta, gafas de sol caladas en la cabeza, la cara de quien se divierte en el trabajo y no lo disimula. Andrea, el chico de Finanzas, tendría que haber encarnado la parte seria de la empresa —el clásico traje azul de controller— y en cambio se pasaba el rato riéndose y cuchicheando con el primero, como si compartieran vete a saber qué chiste privado. El Gato y la Zorra, pensó Ginevra: descarados, la réplica siempre a punto, esa cara que pide un bofetón. Menudo par.

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Texto © Veronica Helena Cortez. Todos los derechos reservados.